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El Paciente: Un cuento de terror por Vanessa Giacoman

“Sabes que Ella lo hará de nuevo esta noche, y eso bastará para que las pesadillas retornen.”

***
¡Cómo había sido de efectivo el miedo!, su amenaza me dejó muy perturbado; sentía que en cualquier momento Luis entraría a mi consultorio y me apuñalaría sin piedad incansablemente hasta sacarme toda la sangre del cuerpo. Tenía terribles pesadillas, a veces me despertaba casi gritando, pensando que él estaba en las sombras, asomando la mitad de la cabeza por encima del borde de la cama, y fijando sus ojos en mi cuello, listo para hundirme su cuchillo.
Mas, a pesar de mi estado de miedo, encontraba un poco de alivio en meretrices jóvenes que me conocían bien y de las cuales gocé mucho por el afecto que me tenían; pero no eran mis amantes reales: sólo estaban allí para servirme, y luego de cobrar, se iban… Me resulta extraño no haberme enamorado de alguna de ellas, y por un momento entendí la frustración de aquel extraño paciente con respecto a su ex-pareja.

***
Una tarde sentí que alguien me seguía cuando iba por la plaza; miré de soslayo y advertí que se trataba de Luis.
Mi alma se crispó de horror. Apresuré el paso pero sentía que era inútil: él estaba cerca:
—Haga su trabajo en silencio, si quiere seguir vivo —susurró y se alejó.
Llegué a mi casa dispuesto a descansar, pero escuché que uno de los vidrios del ventanal frontal estallaba porque una piedra bastante grande había sido arrojada al interior. Salí afuera para ver quién había sido, aunque en el fondo sabía que era Luis, tratando de intimidarme para que “terminara mi trabajo”.
Terminar mi trabajo. Asesinarlo. Reunirle a él con su pareja muerta… ¿Acaso pensaba que iba a hacerlo?, ¿y si decidía hacerlo, cómo le diría que dejara de acosarme?

***
La tarde siguiente, cerca la ventana de mi consultorio, advertí que Luis me vigilaba desde afuera; simulé no haberlo visto y seguí con mi paciente de turno.
—…y bueno —estaba diciendo mi paciente, una mujer joven, con ojos irritados y hombros temblorosos—, después de varias noches así, mi padrastro terminó violándome; ahora tengo ganas de matarme. No soy feliz, aunque no le he contado a nadie sobre esto. ¡Ayúdeme, por favor!
—Usted debió provocarle, de seguro —le dije—, es algo que inconscientemente hacen las mujeres, se visten de una forma sugestiva y después esperan a que el hombre se contenga…
La mujer se mantuvo en silencio durante mucho tiempo. Al final, con un susurro que se incrementó como un grito, dijo:
—¿Qué clase de psicólogo es usted? ¡Qué le pasa!, vine aquí para que me ayudara y me trata así. ¿Quién se cree para hablarme de esa manera?
—¿Eh? —dije, y luego, dándome cuenta de lo que había dicho, agregué—: Disculpe, por favor. No debí decir eso.
—Ahórrese sus disculpas, está más trastornado que yo ¡Me voy de aquí!
—Por favor, señorita —le supliqué—, quédese; no era mi intención.
La muchacha salió llorando.
Más tarde, salí creyendo que Luis me estaba esperando, pero ya no estaba allí.
Me pregunté por qué había tratado así a la joven; había dicho algo terrible…
Necesitaba relajarme, dispersar mi mente con alguna que otra cosa.
Llamé a una casa de citas y pedí la atención de dos jovencitas. Quizá así me calmaría un poco.
Después de quince minutos de espera, llegaron. Se desvistieron y comenzaron a besarse y a tocarse; pero eso me incomodó y, súbitamente, sentí asco, repulsión y enojo, como si ellas me recordaran la parte más oscura de mi alma, aquella parte que jamás hubiera querido ver renacer.
Una de ellas me acarició y quiso que me recostara, pero la aparté y les dije a ambas que se fueran.
Luego de unos cinco minutos, una ventana de mi sala se hizo añicos y una piedra aterrizaba justo sobre el sofá donde estaba sentado. En la piedra estaba pintado con carbón: “Termina tu trabajo”
—¡Maldito loco! —chillé—, ¡da la cara!, ya te dije que no contaría a nadie nada, ¿Quieres que te mate? ¡Lo haré si es posible! ¡Muéstrate! ¡No seas cobarde!
Me di cuenta que me dirigía al depósito que se encontraba en el patio de atrás, donde había vivido al principio de mi carrera. Miré mi mano derecha y vi que estaba sujetando mi revólver sueco, aquel que había comprado de un policía retirado, hacía algún tiempo.
La puerta del depósito estaba abierta. De seguro Luis había entrado allí. Deduje que se había refugiado en aquel lugar desde que había asesinado a su pareja. Quizá me había robado la llave en una de sus dos visitas… ¡el muy enfermo! Y era justamente en ese lugar que se escondía para matar dos pájaros de un tiro, mantenerse en el anonimato para no ser aprehendido por la policía y poder espiarme de cerca.
Le dije que estaba armado y que saliera, porque había llamado a la policía; pero él no contestó.
Los recuerdos de mi niñez y parte de mi juventud emergieron de pronto como una entelequia del pasado y supe en aquel momento que mi vida no volvería a ser la misma, ¡no, porque si el pasado vuelve a ser desenterrado, los fantasmas que dejaste atrás volverán a acosarte irremediablemente hasta destruir completamente tu presente!; entonces tuve miedo de entrar.
Recordé que había prometido dejar mi pasado atrás, que había jurado por mi vida no volver a revivir aquellos recuerdos que sólo entristecían mi corazón.
Pero no había tiempo. Ingresé con lentitud.
Ya adentro, vi que todo estaba igual que la tarde que clausuré el lugar: la cama que usaba cuando niño tenía todavía esa sábana con el logo de Batman que me había regalado mi padre a los siete años; también estaban los artículos de mi madre, los libros, los cuadros, los muebles, y nada más.
No había nadie.
¡Cómo podía ser aquello!, el paciente se había evaporado; ¡Dios!, ¿qué era lo que pasaba?, mi mente ya no entendía de lugares ni espacios, y por un momento sentí que todo iba desaparecer.
Incluso supe que mi propio cuerpo se desplomaría y de desintegraría, como si estuviera drogado, y la visión se me nublaba por instantes…
“Estás loco”, me decía una voz que parecía ser la mía, una voz más seca, más muerta, y que oscilaba en mi mente, atentando contra mi cordura.
“Estás loco”, seguía diciendo aquella voz de ultratumba.
Entonces mi corazón se aceleró, y por más que busqué y rebusqué por todo el lugar, no pude encontrar ningún indicio de Luis; inesperadamente, el hombre que me había estado acosando todo este tiempo había desaparecido.
Me senté en mi antigua cama.
—¿Dónde está? —me pregunté—, si la puerta estaba abierta, de seguro él estaba acá.
Agaché la mirada y vi que debajo la cama sobresalía la punta de una pequeña cajita de madera; la levanté y la abrí, movido por la curiosidad.
La caja estaba repleta de recuerdos insignificantes de mi juventud: recortes de periódico, tarjetas de ex novias, lápices de color, pequeños regalos que me había hecho mi madre, como una cadena ya ennegrecida, un crucifijo, etiquetas. Seguí escudriñando y encontré una foto.
Era mi madre, Eleonora: Bella, alta y sonriente, con labios carnosos y ojos negros, como la noche.
En la foto abrazaba de costado a un muchacho. No podía creer lo que veía: ese muchacho era mi paciente.
Entonces recordé todo lo que había sucedido, hacía ya treinta años…
Era mi cumpleaños número dieciséis y nadie se había acordado de mí, porque era un chico muy solitario y retraído; odiaba a la gente, su forma de ver la vida y de sonreír a pesar de las injusticias del mundo; vivía con mi madre en este pequeño cuarto y éramos pobres.
Teníamos suerte si comíamos tres días seguidos.
Mi padre había fallecido años atrás por una intoxicación alcohólica, y nunca supe el porqué, de un día para otro, pasó de ser un padre amoroso a ser un espectro, en un hombre metido en sus pesares (muchos decían que bebía porque ella lo había traicionado) y justo en ese tiempo, mi madre decidió dedicarse al arte del amor ilícito para mantenernos.
Fue ahí que nuestra situación económica cambió, ya que ella tenía clientes adinerados que pagaban montos exagerados por una noche con ella, en mi casa muchas veces había bacanales y fiestas repletas de lujuria y perversión donde ella, mi madre, era la atracción principal, y después de aquellas fiestas, nos íbamos de viaje juntos.
Puedo decir que ésa fue la única época que logré rozar la felicidad y sentir al menos un poco de amor por la vida.
Los recuerdos me achicaron más y más mientras veía la foto, era como si ésta hablara, pues aquella noche de mi cumpleaños, mi madre llegó a la una y media, algo bebida y dispuesta a fumarse dos cigarros antes de dormir (como siempre hacía); después de aquello, se sacaba la ropa, se ponía un camisón negro de seda casi transparente, y dormía a mi lado. Precisamente esa noche no se puso el camisón; se acostó desnuda y empezó a tocarme.
—Déjame darte tu regalo de cumpleaños, mi pequeño —me dijo.
Yo temblaba, estaba excitado y confundido; pero hice lo que ella me pedía.
Esperé a que se durmiera y un súbito arrebato de furia contenida me dominó, y por mi padre, por mí, por las traiciones y por el dolor, agarré un cuchillo de la cocina y la apuñalé doce veces.
Rebosando lágrimas y reproches, recordé todo y mi cordura se extinguió.
Y mi mente me mostró los días que Luis vino a mi consultorio: y me vi hablando solo, me vi rompiendo los vidrios de las ventanas y me vi abriendo la puerta del depósito.
—¿Te das cuenta?, dije que era necesario matarla; que no había otra opción.
Miré a un rincón y encontré, de pie, a mi paciente, a Luis, que me miraba seriamente, y en sus ojos me reconocí y supe que Luis era la abreviación de mi nombre completo: Leonardo Ulises Iriarte Sarmiento.
El terror me dejó mudo. Quise escapar, pero aquella mirada me paralizó.
—He venido hasta este lugar para que termines tu trabajo —y tan largo, gris y terrible como era la imagen de mi propia y triste juventud, me señaló una grieta que sobresalía de la pared del fondo del cuarto.
—¡Déjame! —le grité.
—Quiero que termines tu trabajo —dijo, y desapareció frente a mis ojos.
Me acerqué a la pared agrietada y golpeé con el puño.
Éste era de estuco. Di la vuelta para escapar del lugar; pero la puerta de salida se cerró con violencia. Entonces volví a acercarme a la pared agrietada y, con la cacha de mi revólver, golpeé hasta quebrar la capa de estuco que lo cubría… Era una puerta; pero no era cualquier puerta: era la del baño que usábamos mi madre y yo. La abrí con lentitud y entré al cuarto, encontrando el cuerpo de mi madre, esquelético y seco, de cuclillas frente al retrete.
—Termina tu trabajo —me dijo mi propio yo. Me puse de cuclillas frente al cadáver de mi madre.
—Querías descansar en paz… —susurré entre sollozos, cerca del parietal desnudo del cráneo de mi madre—, querías que te enterrase, ¿verdad?, y…
Vi algo que se movía. Las nervaduras secas de las cuencas del cráneo de mi madre… ¡y supe que eran sus pupilas estragadas que me estaban buscando!
Y mi propio yo señalaba con su dedo de muerte el revólver que sostenía en las manos.
¡Un espeso horror me inundó y vi cómo mi otro yo se fundía con mi cuerpo, como si de una posesión se tratara!, sentí que mis manos se quebraban (o que alguien las quebraba, alguien dentro de mí), haciéndome padecer un dolor casi inhumano, y con una fuerza letal que no podía controlar, esa fuerza hizo que mis manos condujeran el revólver hacia mi boca, y de un impulso, el ojo del cañón frío se abrió paso, con violencia, destrozando labios y quebrando incisivos, para rallar mi paladar y cercenar por último mi temblorosa úvula…
Lo último que sentí, antes de morir, fue el centelleo de la explosión de la pistola, y la conciencia de que finalmente había terminado mi trabajo mientras la mirada espectral de mi madre me seguía hasta el sepulcro.
***
Ahora yo, el único yo de esta historia, camino por las noches, con la coronilla abierta como una coliflor podrida, y los ojos derretidos pero aún activos, contemplando el horror de la vida muriendo y la muerte existiendo: Todo sucede, todo pasa, todos envejecemos y morimos constantemente, y en esa conciencia, yo siempre cuento mi historia, estragado de pánico por sentir, como quien siente la ausencia de la muela careada, el hoyo sin sesos que tengo por cabeza, y siempre retorno al depósito, me interno en el baño que antes había clausurado, y me arrodillo de cuclillas, frente al retrete, para esperar a mi madre, a que fume su cigarrillo y se apoye contra mi espalda, desnuda, y acerque sus labios momificados a mi oído muerto, y me susurre:
—Déjame darte tu regalo de cumpleaños, mi pequeño.

La puerta, Daniel Averanga. Sentí el terror como ningún ser humano pudo haberlo sentido. La penumbra me ha atrapado, dejando mi cuerpo a merced de mis temores, y mi alma fue sometida a la locura que, como ente maligno, me cubrió con sus brazos de muerte.
Hace poco tiempo era un tipo aparentemente normal, trabajaba como psicólogo en mi propio consultorio, era respetado y sumamente idolatrado.
No tenía familia, puesto que el trabajo y las cosas del destino me lo impedían. Vivía tranquilo, tenía parejas ocasionales; pero prefería mi soledad, mis pensamientos y mi carrera. Vivía aparentemente feliz.
Pero todo comenzó a desmoronarse cuando él me visitó, aquel viernes tres de agosto. Llegó a las cinco de la tarde, inesperadamente, pues ni siquiera había pedido cita. Se trataba de un joven de más o menos veinte años. Tenía el cabello castaño, los ojos cafés y el rostro frío.
Poseía un aura de congoja y de perversidad tan fuertes, que podían olerse a su alrededor. Se llamaba Luis y me dijo que su novia le había sido infiel, que el amor que por ella sentía estaba maldito porque ella lo engañaba sin reparos; también dijo que ella era drogadicta.
—Pensé asesinarla —confesó—; ya lo he planeado, ya sé cómo hacer para que deje de serme infiel… La amo, pero también la odio; ¡me tiene acorralado!
—¿Acorralado? —nunca había escuchado que mis pacientes decían eso.
—Sí, licenciado —dijo, llevándose los dedos a la cabeza, como coronando de dolor sus pensamientos—, estoy tan abatido que ya me he dañado a mí mismo, ¡mire lo que me he hecho! —y se levantó la camisa, mostrándome una cortadura profunda en forma de «E», que acababa de cicatrizar y que se hallaba por encima de su ombligo.
—Escuche —le dije—, esa forma de ver el amor es destructiva, si la amara no pensaría en matarla: usted no es Dios para juzgar… Puede ir a la cárcel.
Después de esto, Luis bajó la cabeza. Contraataqué con lo clásico:
—Piense en su juventud; aléjese de esa mujer.
Ya le había dicho lo que el joven necesitaba escuchar. Muchas veces las personas iban a mi consultorio para que yo, siendo letrado, dijera lo que ellos necesitaban escuchar. Dejar a alguien, olvidar un trauma, no abortar, no suicidarse, etc.
Pero a diferencia de mis demás pacientes, Luis, reaccionó:
—Usted no sabe nada, no entiende nada de lo que siento, ¡la amo, por eso debo matarla!, se lo digo a usted en confianza; es la única forma de librarme de ella, de poder ser feliz y de devolver la paz a mi espíritu.
¡Ah, un paciente que justifica sus pensamientos de corrupción!, me dije.
Traté de persuadirlo; pero todo fue en vano, Luis estaba decidido a cometer un asesinato y yo no podía hacer nada para impedirlo.
Se fue, pagando el monto de la consulta con una rapidez extraña.

***
La siguiente cita fue justamente un viernes después.
—¿Qué ha hecho? —le pregunté, levantándome al verle entrar como quien ve a un guerrero al regreso de una batalla. Su mirada era distinta; era de las miradas que tienen los pacientes que salen de una exitosa operación de extirpación de algún cáncer.
—¡Soy libre, lo hice! —dijo, y sus ojos reflejaron felicidad por un segundo—. Solo vine a confesarle todo. La apuñalé doce veces y cada puñalada significó una traición y cada lágrima mía multiplicada por mil. La muy perra tardó en morir; pero terminé mi trabajo. Ahora le toca a usted terminar el suyo.
—¿Cómo dijiste? —no había entendido esta última parte.
—Quiero que me ayude a morir; quiero reunirme con ella en la otra vida.
—Yo no puedo ser cómplice de esto —le dije con cordialidad, y me di cuenta que eso sonaba estúpido—; no me queda nada más que llamar a la policía.
Luis dejó de mostrar en los ojos la libertad alcanzada y reaccionó, lanzando sus manos hacia mi cuello. Una vez estuve preso, sacó con rapidez un cuchillo y lo apoyó en mi garganta. Jamás había sentido la sensación del filo presionando mi manzana de Adán, ansioso por deslizarse y sumergirse dentro de mi piel, y logrando abrirla como quien corta una barra de mantequilla. Por un momento sentí que mi sangre emergería como un torrente, y me imaginé muriendo.
—¡Por favor, Luis, cálmese!, si me deja vivir le prometo no contar a nadie lo que se habló aquí; tiene mi palabra, se lo juro.
Luis retiró el cuchillo de mi cuello, pero no dejó de mirarme fijamente, sus ojos parecían desnudar mi alma: eran como los ojos de una serpiente de cascabel que está a punto de morder a su presa.
—Escuche —dijo al fin—; ya hice mi parte del trabajo; le confié todo lo que hice como un secreto. Es hora de que usted haga su parte del trabajo y lo termine.
—Pero —le dije—, yo no puedo…
Luis retrocedió, me señaló con la punta del cuchillo y su mirada de serpiente de cascabel me paralizó nuevamente el alma; me dijo:
—Estaré pendiente de usted hasta que me ayude a morir; si habla de lo que hice y tratan de encarcelarme, le mataré; y si no me hace el favor de unirme a ella de nuevo, procederé igual, ya sabe, está usted advertido y sepa que no descansaré hasta que usted termine su trabajo

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